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El trasplante no debe ser doloroso, ni durante ni después. Dentro de esa premisa general, puede variar mínimamente de acuerdo a la sensibilidad de cada paciente.

Para que no haya ningún tipo de molestia o dolor durante el procedimiento, hay una serie de pasos a seguir. Previo a la cirugía, realizamos una sedación muy superficial, y aprovechando ese momento, se aplica la anestesia local. La mayoría de las veces el paciente ni siquiera recuerda la aplicación de la anestesia, y ésta no debería ser dolorosa.

Lo que puede ocurrir es que, ya que la duración del trasplante varía de un paciente a otro, y el efecto anestésico tiene una duración limitada, a veces hace falta reforzar la anestesia. Si el paciente comunica que empieza a sentir algo (no se llega al dolor, pero si vuelve la sensibilidad en la zona), se hace el refuerzo y se vuelve al ruedo.

Con respecto al postoperatorio, en casi ningún caso hace falta tomar analgésicos. Desde el primer día se duerme bien, y no hay dolor. Lo que sí hay es una molestia en la zona donante, una hipersensibilidad, como si se hubiera quemado por el sol, y hay que ir con más cuidado de lo normal, pero no duele. 

En la zona donante, hay una hipersensibilidad, y en la zona receptora, donde se reciben los injertos, suele tener lo contrario, hiposensibilidad. Hay una sensación de que ese área está adormecida, como un corcho, y es extraño, pero no duele ni molesta, y esta etapa puede durar entre 15 días y un mes. 

Así que si el dolor o miedo a la cirugía te detenía, ¡ya no tienes excusa! 

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